segunda-feira, 26 de maio de 2014

Nanda Caro

Le Pen, las palabras y el alma

La ciencia nos explica que dejamos de ser homínidos para convertirnos en humanos en el momento en que adquirimos el don del lenguaje. Así, explicado con este escaso rigor científico, parece que las palabras nos dieron la oportunidad de ponerle nombre a las cosas, de comprenderlas, de explicarlas, de compartirlas. Y que eso nos humaniza.

Las palabras, queriendo o sin querer, dicen cosas de quien las pronuncia. La mayoría de las veces no hacen más que explicar cosas cotidianas, propias del ser terrenal, simple, desvalido y a veces entusiasta que somos. Otras son capaces de mostrar nuestros momentos de grandeza, y otras también nuestros momentos de inutilidad. Así somos, de simples, grandiosos y miserables.

Quisiera que alguien con conocimientos científicos, incluidos los filosóficos, me explicara cómo es que las palabras impactan de manera distinta en nuestro organismo. No sé si lo han observado, pero si nos detenemos a ver su trayectoria, sin duda es así.

Hay palabras que son caricias, te tocan en la piel, y reconfortan. De éstas, la mayoría se pronuncian en la cotidianeidad del día a día, entre la gente que se quiere, se apoya, reconciliándote con la grandeza de la vida. Pero las hay también célebres: Frida Kahlo postrada en su cama “pies para que os quiero si tengo alas para volar”.

Hay palabras que impactan en el pecho, con una suavidad intensa y lo llenan de aire puro. Emily Dickinson: “Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie”. Concepción Arenal: “abrid escuelas y se cerrarán cárceles.” Y hasta Cervantes: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, ¡sino Justícia!”.

Hay palabras que llegan directamente al cerebro, provocando una sonrisa satisfecha, de quien ha conseguido comprender lo que parece incomprensible: como cuando José Mujica dice que nunca más volverá a pronunciar la palabra austeridad, porque en Europa la hemos pervertido, porque austeridad no es dejar a la gente sin trabajo, y sin esperanzas. Es difícil escoger alguna entre las muchas que, en este sentido, pronuncia Ada Colau “Esta lucha no es opcional, hay que hacerla porque la vida de la gente está en juego”.

Hay palabras que golpean en el cerebro, insultan la inteligencia, hacen que tu razón se revele contra ellas: dice el expresidente Matas que solicita cambiar su condena de nueve meses por trabajos en beneficio de la comunidad. Cosa curiosa, cuando su enjuiciamiento, que todavía nos depara múltiples sorpresas y confío que alegrías, es precisamente por no haber sabido cumplir con su compromiso (que juró, por cierto) con esta comunidad. Esta es reciente, pero hay muchas: ¿recuerdan cuando Aznar aseguró que hablaba catalán en la intimidad?

Hay palabras que dan en el estómago, como un mal golpe, te dejan sin aliento, al borde del vómito, como las que dijo Juan Cotino, el presidente de las Corts Valencianes: “debería ser obligatorio que las mujeres que quieran abortar vieran una ecografía de su hijo antes de decidir”, inspiradas en las del ministro candidato Cañete, que propuso, entre chanzas, que la mujer en cuestión viese la ecografía mientras abortaba. ¿De qué parte putrefacta de su cuerpo les nace semejante maldad?

Hay palabras que dan en los intestinos, con más intensidad excretora que el vómito, no puedes sino revelarte contra ellas expulsándolas en su forma más indigna y pestilente (ustedes ya me entienden). Andrea Fabra, diputada del PP por Castellón e hija del barón regional Carlos Fabra, gritando “¡que se jodan!” después de que Rajoy anunciase el recorte de las prestaciones por desempleo. Rafael Hernando, portavoz adjunto del PP en el Congreso, insultando la dignidad, justicia y reparación que reclaman desde la Memoria Histórica: “algunos se han acordado de su padre cuando había subvenciones para encontrarlo”, refiriéndose a las vergonzantes e infames fosas del franquismo. 

Pero hay palabras que dan en una parte de tu ser que es todo tu ser: esa parte que en la que eres toda tu, y sin embargo no podría afirmar que exista, esa parte que no es la piel, ni el cerebro, ni los pulmones, ni el estómago, ni los intestinos, sino un lugar mucho más profundo, menos carnal, y quizás el más humano. Eso debe ser el alma, digo yo. El jueves pasado las palabras de Le Pen me golpearon el alma: me dejaron sin aliento, me atravesaron el estómago y sentí ganas de expulsar la pestilente hiel que contenían: “El Ébola puede solucionar el problema de la inmigración en tres meses”. Resulta imposible reaccionar, porque la reacción te puede llevar a convertirte en el mismo bicho despreciable que es quien las pronuncia, o quien las jalea. Sólo me es posible desear que, ya que la justicia divina no existe (si fuese así le hubiera fulminado con su rayo justiciero), sea posible que la justicia humana condene esas palabras por genocidas. 

Las palabras que golpean el alma no deberían poder ser pronunciadas por alguien que se jacte de haber dado un salto evolutivo para convertirse en humanidad, deben provenir de la ameba, o de la hydra, tanto da si es la real o la mitológica. 
[…]


Nanda Caro (2014). «Le pen, las palabras y el elma». El Periscopi, 26 de maio de 2014. Disponível em: http://www.elperiscopi.com/?contenido_servicio_tabla=detalle_noticia&contenido_id_noticia=5251#.U4MGQ5ONPik.facebook (acedido a 26.05.2014).

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